Cada cierto tiempo, una nueva alerta sanitaria relacionada con animales ocupa titulares, redes sociales y debates improvisados en tertulias y plataformas digitales. Ocurrió con la gripe aviar, con la viruela del mono, con el coronavirus y recientemente con los casos asociados a hantavirus. Cambian los nombres, cambian los escenarios y cambian los protagonistas, pero el patrón suele repetirse: preocupación social, sobreinformación, simplificaciones y, en demasiadas ocasiones, más ruido que conocimiento.
Sin embargo, detrás de cada una de estas situaciones existe una realidad mucho menos visible y bastante más importante: profesionales trabajando de manera silenciosa para vigilar, interpretar, contener y proteger a la población. Entre ellos, los veterinarios.
La sociedad suele asociar la profesión veterinaria únicamente al cuidado de animales de compañía, pero esa visión resulta profundamente incompleta. La veterinaria moderna participa diariamente en vigilancia epidemiológica, seguridad alimentaria, control de zoonosis, inspección sanitaria, investigación biomédica y gestión de riesgos sanitarios. En otras palabras, trabaja precisamente en el terreno donde nacen muchos de los problemas sanitarios que después generan preocupación pública.
Y lo hace, además, desde una posición especialmente valiosa: la capacidad de entender la salud humana, animal y ambiental como un mismo sistema interconectado. Ese enfoque, conocido como One Health, no es una moda reciente ni un lema institucional atractivo. Lleva décadas formando parte de la práctica veterinaria.
Las zoonosis, es decir, las enfermedades que pueden transmitirse entre animales y seres humanos, no son un fenómeno nuevo. Han existido siempre. La rabia, la salmonelosis, determinadas influenzas o enfermedades transmitidas por vectores forman parte de la historia de la salud pública desde hace siglos. Lo que sí ha cambiado es el contexto en el que aparecen.
Vivimos en un mundo enormemente globalizado, con movimientos constantes de personas, mercancías y animales, alteraciones ambientales crecientes y una interacción cada vez mayor entre ecosistemas que antes permanecían relativamente separados. Esto incrementa las posibilidades de aparición y detección de nuevos procesos infecciosos. Pero conviene subrayar algo importante: que exista un caso aislado o un brote puntual no implica automáticamente una amenaza generalizada para la población.
Precisamente ahí es donde el criterio técnico resulta imprescindible.
Frente a la velocidad del titular inmediato o la búsqueda constante de impacto mediático, la veterinaria aporta algo mucho menos espectacular, pero mucho más útil: análisis racional, vigilancia continuada y toma de decisiones basada en evidencia científica. Porque gestionar riesgos sanitarios no consiste en alimentar alarmas permanentes, sino en interpretar correctamente la información disponible y actuar con proporcionalidad.
En los últimos años se ha instalado cierta tendencia social a reaccionar de forma extrema ante cualquier noticia relacionada con enfermedades emergentes. A veces se exige una sensación imposible de “riesgo cero”, y otras veces se buscan culpables rápidos, simplificaciones políticas o debates artificiales que poco ayudan a comprender el problema real. Mientras tanto, los profesionales sanitarios continúan haciendo su trabajo lejos del foco.
Los veterinarios llevan décadas enfrentándose a enfermedades animales con potencial impacto económico y sanitario, coordinando campañas de vigilancia, controlando movimientos pecuarios, monitorizando fauna silvestre, supervisando alimentos y detectando riesgos antes incluso de que lleguen a convertirse en noticia. Muchas veces, precisamente porque el sistema funciona, la sociedad no llega a percibir el problema.
Ese es uno de los grandes paradójicos éxitos de la salud pública: cuando funciona bien, pasa desapercibida.
También conviene recordar que no todos los microorganismos que saltan entre especies tienen capacidad real para mantenerse entre humanos o provocar crisis sanitarias relevantes. En numerosos casos, el ser humano actúa simplemente como un huésped accidental. La biología de estos procesos es compleja y depende de multitud de factores, desde las características del propio agente infeccioso hasta cuestiones ambientales, ecológicas y sociales.
Reducir toda esa complejidad a mensajes simplistas o alarmistas no solo genera desinformación, sino que erosiona algo esencial en situaciones sanitarias delicadas: la confianza en los profesionales capacitados para gestionarlas.
La veterinaria no trabaja desde la improvisación ni desde el interés político del momento. Trabaja desde la prevención, la vigilancia y la experiencia acumulada. Y eso exige, muchas veces, transmitir calma cuando otros prefieren amplificar el miedo.
Porque sí, las zoonosis deben vigilarse. Sí, existen riesgos emergentes asociados a cambios ambientales y globalización. Y sí, la colaboración entre disciplinas sanitarias resulta más necesaria que nunca. Pero también es importante evitar caer en una cultura del alarmismo constante donde cada noticia sanitaria se convierte automáticamente en una amenaza descontrolada.
La población necesita información rigurosa, no saturación emocional.
Necesita profesionales capaces de contextualizar riesgos, explicar probabilidades reales y tomar decisiones técnicas alejadas del ruido ideológico o mediático. Y ahí, nuevamente, la veterinaria ocupa una posición central.
Resulta difícil encontrar un ejemplo más claro de servicio silencioso a la sociedad. Desde laboratorios de diagnóstico hasta explotaciones ganaderas, desde fronteras y puertos hasta hospitales veterinarios, desde el control de alimentos hasta la investigación epidemiológica, miles de veterinarios trabajan diariamente para sostener algo tan básico como la seguridad sanitaria colectiva.
Muchas veces sin reconocimiento público proporcional a esa responsabilidad.
Quizá por eso conviene recordar, especialmente en tiempos de incertidumbre y sobreexposición informativa, que la veterinaria nunca ha dejado de estar donde más se la necesita. Antes de que aparezcan los titulares y después de que desaparezcan.
Porque mientras el debate público cambia constantemente de foco, la función de la veterinaria permanece intacta: proteger la salud, reducir riesgos y servir a la sociedad desde el conocimiento científico, la responsabilidad y la serenidad.






