Sin duda la actividad veterinaria, entendida como la labor ejercida por expertos en cuidar animales, comenzó entre los años 14.000 a 11.000 AC, período en el que tuvo lugar la domesticación y cría del perro por el hombre, a fin de que le sirviera como protector ante otros depredadores y le ayudara en la caza de especies que le proporcionaban carne, vestidos y utensilios.

Con posterioridad, una vez que el hombre se asienta y ejerce como agricultor y ganadero en el Neolítico (años 9.000 al 3.000 AC), avanza en su labor domesticadora y cuidadora de otras especies (oveja, cabra, cerdo, vaca, gato, asno, caballo, gallina…etc.). No obstante hasta la Civilización Mesopotámica, no se consagra la figura corporativa y consciente de su función sanadora de animales.

Los primeros documentos sobre la veterinaria, son unas tablillas cuneiformes que datan del 2.600 A.C., pero la actividad del médico de animales, no quedó regulada hasta que en 1.760 AC se imprime el Código de Hammurabi, a partir de entonces la Veterinaria, ha ido evolucionando y avanzando al unísono de las civilizaciones (Hebrea, Egipcia, Griega, Romana, Bizantina, Árabe y Cristiana), aumentándose sus cometidos y como consecuencia consagrándose diferentes denominaciones profesionales (Médico de Animales, Chaman, Sacerdote de Sekhmet, Hipiatra, Cinoatra, Mulomedicus, Medicus pecuari, Medicus iumentari, Veterinus, Inspectorum civorum, Ferrador, Menescal, Albéitar, Fiel de matadero, Veedor y Veterinario).

Las Siete Partidas de Alfonso X el Sabio (siglo XIII) es el primer cuerpo jurídico hispano en el que se consagra la figura del Albéitar como profesional, cuya formación y actuación seguiría un régimen gremial (en sintonía con otras profesiones), pero no es hasta que los Reyes Católicos (en su empresa unificadora y modernizadora de España) dictan la Pragmática de 13 de abril de 1500 cuando al establecer el Tribunal de Protoalbeiterato, reglamentan las exigencias para obtener el título, así como el desarrollo del ejercicio profesional, durante los siglos XVI a XVIII.

En este periodo surgen eminentes figuras entre las que destacan los Extremeños, Fernando Calvo nacido en Plasencia, quien publica en 1582 el Libro de Albeitería, que marcó una corriente profesional en la época, así mismo La Academia Española le incluyó en el Catálogo de Autoridades de la Lengua. El otro es Martín Arredondo, natural de Almaraz, considerado en el siglo XVII como el Albéitar más culto de ese período, dada su amplia obra publicada y en la que destaca Flores de Albeitería, que además de científica, lleva buenas dosis de corporativismo ya que cita personalidades importantes que la ejercen, narra el abolengo de la misma y aconseja la autoestima como una buena base para desarrollar un adecuado ejercicio profesional y el reconocimiento de la sociedad.

La Real Pragmática de 22 de diciembre de 1739 de Felipe V, eleva a la Albeitería a la categoría de arte literal y científico, en sintonía con otras profesiones sanitarias (vestir de seda), aunque en todas ellas se sigue el sistema de Pasantía y Tribunales examinadores, para la formación, capacitación y habilitación para el desarrollo y ejercicio profesional (Protoalbeiterato, Protomedicato y Protoboticariato).

Durante el siglo XVIII, siguiendo los criterios del francés Bourgelat, en la investigación y estudio de las causas y las etiologías de las enfermedades, se crean en Europa trece escuelas de Veterinaria. En España se fundó la de Madrid mediante la Real Orden de 7 de septiembre de 1788 de Carlos IV, que vino a culminar los deseos de su antecesor Carlos III, monarca muy convencido de la necesidad de establecer una Escuela Fundamental y Normal de Veterinaria, con el fin de elevar la formación de este sector profesional con un verdadero espíritu científico, que permita la mejora de la agricultura, la salubridad de los ganados, el comercio, la industria, la traginería y los Cuerpos de Caballería de la Milicia (por entonces este último era una cuestión estratégica fundamental de los estados).

En todo ello jugaron papeles fundamentales, el Conde de Aranda (D. Pedro Pablo Abarca) nombrado en 1773 embajador en Paris y el Caballerizo Mayor (Duque de Medina Sidonia) que hicieron posible que en 1777 el Albéitar de la Real Caballeriza (D. Bernardo Rodríguez) cursara los estudios de Veterinaria en la Escuela de Alfort.

Por fin cristaliza la apertura de la Escuela de Veterinaria de Madrid, al dictar Calos IV el Real Decreto de 23 de febrero de 1792, sin duda resultado del empeño del Primer Ministro Pacense (D. Manuel Godoy) quien estaba convencido de la necesidad de contar con un centro de enseñanza de esta especialidad.

Para ello previamente había enviado a dos Mariscales de Caballería (D. Segismundo Malats y D. Hipólito Estévez) a cursar la Carrera en la Escuela Francesa de Alfort, con la finalidad de que a su vuelta, pusieran en marcha la Madrileña. Por entonces con un claro espíritu militar e hipiátrico, haciéndole depender del Ministerio de la Guerra (lo que perdurará hasta 1841, en que pasa a estar adscrita a la Dirección General de Estudios).

Pero la creación de este Centro no significó el final de la Institución Albeiteresca, puesto que su tribunal examinador, no desaparece hasta que Isabel II dicta el Real Decreto de 19 de agosto de1847, para su supresión y a la vez de creación de las Escuelas  Subalternas de Veterinaria en Córdoba y Zaragoza (que expedían títulos de Veterinarios de 2ª clase con tres años de estudios) y posteriormente otra de las mismas categorías en León, por medio de la Real Orden de 16 de marzo de 1852.

Por tanto, durante 50 años, convivieron Albéitares y Veterinarios (de 1ª y 2ª clase) que dio lugar a graves problemas de competencias y de intrusismo en el ejercicio profesional.

La Ley dictada el 9 de septiembre de 1857, reguló durante más de 100 años las enseñanzas y el sistema educativo español y tuvo el interés de reconocer la importancia que para  la economía española tenía la actividad veterinaria además de la militar, lo que permitió su incorporación al sistema universitario y catalogar a las Escuelas como profesionales, extendiendo a 5 años la duración de  los estudios en todas ellas.

Vino a complicar el panorama veterinario la Institución Libre de Enseñanza (Decreto de 21 de octubre de 1868) al crear Escuelas Libres de Veterinaria en Valencia, Sevilla, Alcalá de Guadaira, Viator, Trigeros y la Palma del Condado, que por fortuna fueron suprimidas en 1874.

Finalmente el 3 de julio de 1871 se aprueba el Reglamento de las Escuelas y el Plan de Estudios Unificado (5 años de carrera y el examen previo de ingreso en las mismas), previa superación de la Enseñanza Secundaria.

Con todo ello, las posibilidades para el ejercicio profesional se consiguen por medio de titulaciones  o autorizaciones  tan variopintas como: Veterinarios de 1ª de 5 años de estudios, Veterinarios de 2ª con 4 años de Colegio, Albéitares y Herradores asimilados a Veterinarios de 2ª (por exámenes o pasantías o reválidas) y finalmente Albeitares y un nivel de inferior categoría (Herradores).

Todo ello provoca una lucha interna entre las distintas facciones o grupos, que tienen como base las etnias formativas y consecuentemente, el descrédito profesional para los que llegan con un nivel de conocimientos científicos comparables al de las otras profesiones sanitarias, con las que en muchos casos debían trabajar codo a codo.

Hasta tal punto es así que, por la Real Orden  de 3 de julio de 1865, se intenta una ordenación del ejercicio profesional, estableciendo una escala de preferencias para ocupar cargos oficiales, (que resumidamente, se recogen en la tabla nº1). Pero, como casi siempre al intentar contentar a todos, no se resuelve eficazmente el problema, sino que soluciones cicateras lo enconan mucho más.

Tabla1A

En este panorama general se encuentra la Veterinaria Española y, por lo tanto, la Extremeña. Y como consecuencia, surge un Movimiento Interno de Regeneración Profesional, que tiene como focos las Escuelas de Veterinaria de Madrid, Córdoba, Zaragoza, León y Santiago de Compostela.

Así la primera de las asociaciones para la defensa social de la profesión, creada en Valencia en 1840, fue la Sociedad Veterinaria de Socorro, que en 1845 contaba con la revista El Boletín del Veterinario, cuyo presidente era D. Ramón Llorente Lázaro, además ligada a hombres relevantes como D. José Mª Estarrona, D. Nicolás Casas y D. Guillermo San Pedro.

Destaca también a nivel nacional la figura de otro ilustre veterinario extremeño, D. Juan Téllez Vicens nacido en Cabeza del Buey en 1830, formando equipo con D. Leoncio F. Gallego Pérez y D. Miguel Viñas Martí, que utilizan como herramienta para su activismo el periódico El Eco de la Veterinaria (que permaneció publicándose entre 1853 y 1859), posteriormente la cabecera de la publicación cambia a Veterinaria Española  y después le sucede la revista dirigida por D. Nicolás Casas de Mendoza, El Mentor de la Veterinaria.

El 31 de mayo de 1878 D. Juan Téllez y D. Santiago de la Villa fundan, una sociedad  científica profesional denominada, La Unión Veterinaria, con el fin de dignificar la profesión y llevar adelante las reformas necesarias, a la vez que solucionar el caos reinante en el ejercicio y en la formación técnica. No en vano en septiembre de 1892, se censaban en España 14.000 profesionales dedicados a las tareas Veterinarias (Veterinarios de 1ª, Veterinarios de 2ª, Albéitares. Etc.).

En 1893 se celebro el I Congreso Nacional Veterinario, donde se analizaron las enseñanzas y la organización colectiva profesional y que dio pie a la creación de un movimiento de acción denominado, Liga Nacional de los Veterinarios Españoles.

Cuando Extremadura entra en la historia del siglo XX, el censo general de ganado se encontraba en franca disminución. En el ovino la pérdida estaba cifrada en un 36%; el vacuno había bajado un 12% y el porcino llego a quedarse, en el último tercio del siglo, en la tercera parte de su población anterior. Sin embargo, en el conjunto equino, el ganado caballar no sufrió merma censal, aunque si perdió calidad zootécnica y la ganadería mular y asnal mostró evidente crecimiento.

Por otra parte, la falta de redes de conducción y suministro de agua y de alcantarillado, en la mayoría de los núcleos de población, e igualmente las graves carencias de agua corriente y de servicios higiénicos en los domicilios, junto con el incipiente establecimiento de la inspección de la carne y de los alimentos, además de las deficientes condiciones de las carnicerías y tiendas para la venta de productos de consumo humano, afectaban negativamente a la Salud Pública, (reflejada en la información sanitaria de la época), según la cual, la cuarta parte de las causas de muerte correspondía a las enfermedades epidémicas y alrededor del 15%, a procesos del aparato digestivo.

En tan conflictivo y deteriorado estado de situación se inicio el despliegue de funciones de la Profesión Veterinaria, que al comenzar el siglo XX disponía apenas de doscientos titulados en ejercicio, en el ámbito de la región; y aunque su número era escaso, hay que reconocer el gran afán de servicio con el que encararon la ardua tarea que habrían de desarrollar en el transcurso de la centuria.